5. Hienas en el orfanato

[De las agradables y desagradables sorpresas que depara este peculiar país africano]
1 de Diciembre de 2010

Una de las cosas con las que verdaderamente disfruto como un niño es cuando tengo la oportunidad de conocer nuevas culturas. No me refiero a una definición vaga de conocer otro mundo, otra gente, otras costumbres… me refiero al hecho concreto de estar sentado en la casa de un extraño, masticando como buenamente puedes una comida que nunca antes habías imaginado que existía, bailando un danza imposible de aprender en tan sólo una tarde, sorprendiéndote de la infinidad de gestos, comentarios y usos locales que te dejan boquiabierto, y en definitiva descubriendo un mundo totalmente diferente a lo que has mamado desde chico.

Leí una vez no sé donde que los primeros relativistas fueron los sofistas griegos. Al viajar y conocer otras realidades, se dieron cuenta de que la ciudad en el que habían sido educados no era sino una pequeña parte de lo que es este inmenso planeta, que a su vez, si lo pensamos detenidamente, no es sino una minúscula parte de lo que es este infinito universo. Así que, claro, cuando volvieron a casa y vieron a sus conciudadanos, no pudieron evitar hacerles partícipes de lo que habían visto allá afuera, poniendo en duda parte de lo que hasta entonces había sido visto como absoluto e irrebatible.

Algo parecido me pasa a mí en lugares como este en el que estoy ahora. Cuando ves a una persona que está fervorosamente arrodillada ante un cuadro de lo que parece ser una imagen representando la divinidad, no puedes evitar pensar en la relatividad de lo que hacemos en el mundo, pues, ¿qué diferencia hay entre adorar a esa imagen o la que se adora en las calles en nuestro país durante la Semana Santa? ¿Qué diferencia hay entre nuestros ritos y los suyos, o incluso entre los ritos de zonas tribales politeístas? En el fondo, bajo mi punto de vista, estamos haciendo lo mismo, sólo que le ponemos diferentes nombres y colores a Aquello a lo que adoramos y que esperamos que nos proteja del mal de mundo.

Hago referencia a la novedad cultural porque no puedo dejar de mencionar, ya que así me lo he prometido, la encantadora velada a la que inesperadamente fui invitado ayer en casa de una familia del lugar. Conocí a un miembro de esta familia hace apenas hace una semana y en tan poco espacio de tiempo ya han podido hacer gala, una vez más, de la hospitalidad que siempre caracteriza a esta gente, pues me obsequiaron con buena comida, exótica bebida, bailes tradicionales y un lugar confortable donde pasar la noche. No será fácil borrar esta experiencia de mí ya tristemente debilitada memoria.

Por supuesto al día siguiente mi estómago desprendía llamas de fuego, pues dije que sí a todas y cada una de la infinidad de comestibles y brebajes que aparecieron en la mesa, y claro, mi cuerpo no está ni mucho menos preparado para esta clase de sorpresas. Pero es un mal menor que para nada me preocupa y que estoy dispuesto a sufrir con tal de disfrutar de estos momentos de anomalía, diferencia y novedad con respecto a lo que se hace en el día a día.

Y para terminar con esta vaga perorata inesperada (pues empecé escribiendo sin saber muy bien qué quería contaros), haré gala del título que he decidido poner a este capítulo de mi vida, pues no quiero dejar de mencionar la graciosa animal anomalía. Y es que no sólo me sorprenden las costumbres de la gente, sino la especie animal en sí. Aquí hay infinitud de bichos que nunca jamás habrías pensado en convivir con ellos. Aparte de la especie arácnida, a la que tengo un terror innato (no sé por qué libro, película o historia que leí o me fue contada seguramente de pequeño) ¿quién me iba a decir a mí cuando vi el Rey León cuando apenas era un adolescente que algún día tendría la oportunidad de vivir en un entorno donde las hienas campan a lo ancho? Desde que vine aquí por primera vez me picó la curiosidad de este siniestro y tímido pero a la vez poderoso animal. Pero no ha sido hasta hoy cuando he tenido la oportunidad de tenerlo frente a frente.

Volvía yo del colegio cuando se me acercó una bandada de niños nerviosos, excitados y descompuestos: “¡Shalo! ¡Jib, Jib! Hulet Jib!” Por fin las palabras mágicas que tanto tiempo había estado esperando y que los niños sabían que me pondrían los pelos de punta. Habían encontrado dos hienas muertas junto a la verja del orfanato y la multitud se agolpaba en torno a ellas para apreciar de cerca aquellas bestias que, según dicen, son tímidas e introvertidas, pero que si atacan tienen la fuerza de siete caballos en la envestida. Cuando las vi de cerca, incluso muertas parecían conservar en su interior la fuerza de esos siete caballos, e incluso se adivinaba en su mandíbula esa característica e inconfundible risa por la que tanto es conocida. Muerta, pero aún fuerte y sonriente… ¡jodida bestia!

Y es que desde que las monjas liquidaron a los perros porque estaban pasando enfermedades a los niños (o eso alegaron cuando me los encontré muertos un día de repente), el orfanato parece más una granja que otra cosa, pues la cantidad de animales que campan a sus anchas entre estas cuatro paredes es alucinante: aparte de los caballos, burros, gatos, cerdos, conejos y gallinas que encuentras a diario, hay otro tipo de animales que han visto luz verde para cruzar la ladera de la montaña en la que nos encontramos. Entre esos animales está la ya mencionada hiena, que es la única que ha sido capaz de devolverme a la oración con el fin de que la mano divina del que está ahí arriba, si es que está, no permita que me tope con ella una de estas noches en la que la electricidad brilla por su ausencia y la única guía de la que dispones es en tu caminar son las estrellas del cielo y la débil luz de la pantalla de tu móvil, si es que aun te queda batería. El otro animal me tiene totalmente intrigado: aquí es conocido bajo el nombre de “Shalamatemat”, o algo así. Aún no he conseguido la traducción al inglés y la única información que tengo al respecto es que es bajo, largo, peludo, y con grandes colmillos, de la familia felina, y que aunque prefiere comer gallinas, si te ataca, lo hace directamente al cuello o al muslo. El hecho de que de vez cuando sea visto por aquí creo que es motivo más que suficiente para seguir rezando, por si acaso.

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