12. Queridos Nietos…

[Porque todas las monedas tienen dos caras, igual que el vaso puede verse medio lleno o medio vacío]

 

¿Cómo? ¿Que nunca os hablé de lo que me pasó estando en Etiopía allá por el año 2011? Dejadme, dejadme que os cuente una historia diferente a las de siempre, una de las aventuras más surrealistas y extravagantes de mi periplo africano, hoy que tenemos tiempo para ello…

Llevaba yo ya varios meses en el país, y sin embargo seguía teniendo problemas con el visado. Ya sabéis, papeles por aquí, papeles por allá… en fin, un autentico infierno. Nunca pensé que pudiera llegar a ser tan difícil trabajar como voluntario en un país necesitado como lo era Etiopía por aquel entonces. Yo, con un poco de orgullo quizá, pensé que los conocimientos que yo llevaba en el campo audiovisual iban a venirles de perlas. Ellos, un poco hartos quizá del histórico espíritu salvador del hombre blanco, preferían arreglárselas solitos, así que te lo ponían difícil para quedarte. Creo que fuimos ambos un poco estúpidos, nosotros los del mundo desarrollado creyendo que íbamos a salvar el mundo y ellos creyendo que podían salir del hoyo solitos y sin ayuda externa. Arrogancia por ambas partes, supongo.

    Pues resultó que en cierto punto me vi obligado abandonar el país. Si, como lo oís. La ley en este punto era bastante clara: cuando tu visa expira tienes que salir del país y permanecer al menos un día en el exterior, luego volver y, previo pago de las tasas, obtener una nueva visa. Así que vuestro abuelo se dirigió a la agencia de viajes más cercana y preguntó por el destino más económico.

– “Señor”, me dijo la señorita que me atendía, “Yibuti: ida y vuelta 180 euros”.

– “Pues resérvelo ahora mismo”, le dije. “A Yibuti que me voy”.

Yibuti era un estado árabe semidictatorial de antigua colonia francesa, estratégicamente situado a la entrada del Mar Rojo y único lugar africano donde, inteligentemente, los EEUU tenían entonces una base militar. Fue comprar el billete y comenzar los inconvenientes. Recuerdo que busqué cierta información sobre el país en Internet. Tecleo: Google. Yibuti. Primera entrada: “Yibuti es uno de los países más caros del mundo, todo es excesivo en cuanto al precio: una noche de hotel: entre 50 y 100 euros lo más barato (que por aquel entonces era muchísimo)”. Yo que sólo quería escaparme por un par de días y la broma me iba a salir bastante cara. Así que les pregunté a las monjas con las que vivía:

– “¿Por casualidad no tendréis un orfanato, una casa o algún sitio en Yibuti?”.

– “Sí, pero ¿por qué?”, me preguntaron asombradas.

– “Porque voy allí la semana que viene“, respondí.

– “¡¿A Yibuti?!”, me dijeron, “¡Pero si la situación en el país es muy peligrosa actualmente!”

¡Ops! Se me había escapado el detalle político. No tenía constancia de que hubiera problemas en Yibuti; a decir verdad antes de viajar a Etiopía me hubiera costado identificarlo en el mapa del mundo. Así que tenía que viajar a un país de precios excesivamente caros y con una situación política complicada. Todo parecía estar en contra de mi viaje. ¡Lo sabía! ¡Tenía que haber elegido Kenia y disfrutar de las cebras en el Serengueti!

Llegó el día del viaje y marché a Yibuti. Recuerdo un detalle gracioso del que acabaría acordándome. Antes de irme, las Hermanas de Etiopía con las que vivía me dieron un queso (un señor queso, ¡diantres! ¡Cómo pesaba!), supongo que como señal de agradecimiento a las Hermanas yibutianas que me acogían en su hogar. Cogí el queso, mi pequeña maleta y me dirigí al aeropuerto. Al subir en el avión observé la cantidad de gente que viajaba y me tranquilicé un poco; había gente de todo tipo: parejas de novios enamorados en busca de un destino al cual escaparse durante un fin de semana, matrimonios en procesos de adopción, algunas ya con sus niños, soldados que cruzaban la frontera a saber con qué fin, turistas americanos tostaditos por el sol africano… lo corriente en aquella parte del mundo, gente amable por lo general. “Señor, tiene su maleta abierta, se la cierro”, me comenta un pasajero. “¡Qué cordialidad”, pienso sin darle más importancia al asunto. A los 45 minutos veo por la ventanilla un paraje semi-desértico, árido, sembrado de cactus y acacias, ríos amarillentos y escaso signo de vida humana o animal. Aterrizamos. Cogí mi maleta, el queso de las Hermanas, y me bajé del avión dispuesto a pasar el fin de semana en tierras yibutianas. Cuando bajaba las escaleras del avión escuché a un hombre que me gritaba desde la puerta:

– “Sir! Sir!”

– “Yes?”, respondí sorprendido.

– “Where are you going?”, me inquiere alzando sus manos y señalando a la terminal.

– “To the airport, obviously“, respondo aún más asombrado.

– “This is not Djibouti!” me dice, “This is Dere Dawa!”

Jajaja! Podéis imaginar la cara que puse. Miré a mi alrededor, observé de nuevo ese paraje desértico y me despedí de él dando gracias a Dios de que no fuese a pasar allí el fin de semana. Menudo despistado estaba hecho vuestro abuelo. Si ese hombre no me llega a avisar me hubiera metido en un lío. Dere Dawa no era más que otra ciudad Etíope en la que habíamos hecho escala. Si me paro allí mi visa habría expirado y por tanto habría sido desde esa noche un ilegal más en el país. Pero, gracias a dios, pude regresar a mi avión y embarcarme de nuevo camino a Yibuti. Recuerdo lo que sentí cuando subí en el avión: ahí estaba yo, subiendo la escalara con mi queso y mi maleta, saludando a la azafata de nuevo cuando giro mi cabeza, miro al interior del avión y es entonces cuando me asusto, al menos un poquito. En el avión quedaban tres personas. Tres. Era la certeza de que no era una buena idea viajar a aquel país del que nunca debería haber escuchado hablar. Parecía como si todos, incluido los militares, les hubiese entrado pánico de cruzar la frontera y nos dejasen solos, a la intemperie. De repente me vino el pensamiento de que aquel avión estaba transportándome, prácticamente, sólo a mí. Y me sentí poderoso y culpable a la vez, poderoso por ver que todo el aparato que estaba a mi servicio y culpable por ver todo el gasto y la contaminación que implicaba. Pero bueno, eso ahora no viene al caso y como siempre me pierdo en los detalles menos importantes de la historia. Dejadme, dejadme que os cuente lo que pasó cuando llegué a aquel dichoso país…

Desde el cielo lo único que vi al llegar fue de nuevo un paraje árido, interrumpido por un intento de ciudad gobernado por innumerables mezquitas, casas apiladas sin ningún orden, algún que otro experimento de urbanización y poco más: el mar rojo a la vista con un puerto enorme que presidía la salida al mar. Al abrirse las puertas del avión percibí la humedad y el olor a sal típico de las ciudades costeras. Y entonces, todo sucedió muy rápido, tanto que me cuesta poner en pie los detalles.

Entraba yo en la terminal del aeropuerto con mi maleta y mi queso dispuesto a hacer lo más ágil posible el proceso de entrada en el país. Me topé con dos sanitarios italianos que iban al mismo lugar que yo, a la catedral católica donde las monjas tenían la misión y el hospital. De repente un señor bajito, calvo y gordo, empezó a hablarme en francés en un tono un poco desagradable. Yo, como había copiado mucho en mis exámenes de francés en el colegio, nunca llegué a aprenderlo bien y así que me enteré de poco. Probó con el árabe, aún menos. Inglés, incomprensible en su acento. Así que el tipo, un poco harto de mi ignorancia idiomática cogió mi pasaporte y desapareció sin mediar palabra. Vuelve. Me pregunta en qué trabajo. Le dijo que soy voluntario. Me dice que mi pasaporte está tachado; le explico que lo que él entiende por tachado es un sello. Me pregunta que por qué no tengo visa para Yibuti, le digo que porque como turista que soy lo hago ON ARRIVAL, es decir, en el aeropuerto al llegar, como siempre lo he hecho, como los italianos que me acabo de topar. Me dice que por qué vengo sólo por tres días, se lo explico. Me mira con sospecha, como intentando descubrir qué es lo que escondo bajo mi careta de niño bueno.

– “¿Qué lleva ahí?” me dice señalando a la caja que transporto.

– “Un queso”, le respondo un poco ya dudando de mi propia palabra. De nuevo se lleva pasaporte no sé a dónde. Pasaron 3 minutos. Comienza la escena.

– “Sígame”, me dice mientras agita su dedo índice rígidamente hacia sí mismo. Le sigo. Pasillo a la derecha, puerta a la izquierda, escaleras, una cristalera gigante que dirige a… ¡al avión!

– “¿What?” me sale de dentro.

– “Señor, se vuelve a Addis Abeba“, me dice tan tranquilo el gordito, bajito y calvito.

– “¿Qué? ¿Por qué?”, no soy yo el que habla, habla mi boca por mí sin pensar lo que digo.

– “Vuelve a Addis. Va a ser deportado. Adiós”. Y se marcha.

Sin explicaciones, sin razones, lo único que dice lo dice medio en francés y medio en árabe. Le exijo una explicación. No me la da. Se remite a decirme:

 

– “NO VISA, NO VISA!“. A lo que yo le respondo:

– “ON ARRIVAL, ON ARRIVAL!”, que es la manera en la el común de los mortales sacamos la visa de turista, en los aeropuertos. “¡NO PUEDO VOLVER A ADDIS HOY!” Le insisto, “¡NECESITO PASAR AL MENOS AQUÍ UNA NOCHE!”. Cabreado, le doy una patada al queso que es lo que me pilla más cerca.

– “¿Pasar una noche aquí? Jajajaja” Se ríe y se va. “Goodbye, sir!”.

Se lleva mi pasaporte, desaparece y una señorita muy antipática me conduce al avión. Se acabó Yibuti. 30 minutos. Eso es lo que duré en el país. Deportado. No doy crédito a lo que está ocurriendo. En la escalera del avión me encuentro a un tipo con una cara un tanto preocupada, apoyado en la barandilla y como expectante. Me lo huelo y le preguntó:

– “Going back?”

– “Yeah!”, me responde, “Deported”.

Así que somos dos. Y por fin, una explicación, que viene del mismo tipo:

– “Normal, en cierto modo me lo esperaba. Mañana hay protestas en Yibuti, se han dado cuenta de que somos periodistas y pasan de problemas.”

– “Pero yo no soy periodista (en cierto modo puede que lo sea, pero al menos no he venido como periodista, pienso) soy un simple voluntario.”

– “Wow” dice en inglés, “qué mala suerte, pues entonces has venido en el día equivocado. Están nerviosos con lo que está pasando en Túnez, Egipto y en África en general, no quieren problemas y aún menos periodistas. Nos mandan a casa”.

– “¡Pero yo no soy…!” Y entonces me doy cuenta…. ¡La cámara! Me había traído todo el equipo fotográfico… y claro, a cualquiera en inmigración le dices que vienes a Yibuti durante el fin de semana en el que están organizadas las protestas, con un equipo de fotografía al completo y sin visa, y que eres un simple voluntario. No cuela.

    Se me ha pasado comentaros un pequeño detalle. Supongo que lo habréis estudiado en vuestros libros de historia. En el primer cuarto del siglo XXI empezaron una serie de revueltas a lo largo y ancho de África y en otros muchos países árabes de regímenes dudosamente democráticos. Se le vino a llamar como “el Efecto Dominó de la Revolución del Siglo XXI”. Todo empezó en Túnez, donde las protestas de los ciudadanos consiguieron expulsar al presidente del país. Luego la fiebre se extendió a Egipto, poniendo en jaque a su presidente y a los dictadores de otros muchos países: Algeria, Libia, Yemen… y ahora le tocaba a Yibuti. Justo el fin de semana que yo viajaba comenzaba el waka- waka, comenzaba el Rock&Roll, empezaba el espectáculo. He aquí todo el problema.

Ya dentro en el avión me senté a recapacitar. “Estoy siendo deportado. ¿Por qué no me explican nada?” Mi cabeza piensa a una velocidad brutal. “No puedo volver a Addis hoy. Son las 7 de la tarde, necesito llegar más tarde de las 12, entonces ya será otro día y podré renovar mi visa“. Se me ocurre montar un numerito en el avión, tipo un desmayo, o fingir claustrofobia, o miedo a volar… no sé, algo que retrase el vuelo… pero luego me acordé de lo mucho que odiaba a un cantantucho que por entonces estaba de moda, un tal Melendi, porque un día se emborrachó y montó un numerito retrasando su vuelo y perjudicando a decenas de pasajeros. “¿Qué culpa tienen ellos después de todo? No, esto no va a funcionar. Pero no puedo volver a Addis, me iban a mandar a España seguro…” ¡piensa Gonzalo, piensa!… “¿por qué te retienen?” Y entonces me acordé de un hecho que me hizo sentir un escalofrío como un relámpago en mi cuerpo: “Señor, tiene la maleta abierta, déjeme que se la cierre“. “¡Dios santo!, pensé, ¡Que me han metido droga en la maleta! Empiezo a sudar, voy al casillero del avión, cojo mi maleta y compruebo, no hay nada… en situaciones así se te pasa de todo por la cabeza. Mando un mensaje a mi contacto en Addis Abeba: “Me deportan”.

Pero no soy buen actor, y a veces quiero actuar como el que está enfadado o molesto, pero no me sale bien el papel. La verdad es que estaba seguro de que algún día me reiría de esto, así que en vez de enfadarme con el mundo, no comer, ni leer, y hacer del viaje de vuelta una pesadilla… en vez de eso dije que sí al bocata que me dieron (porque en Ethiopian Airlines no te daban menú, te daban bocata), seguí con mi librito del Sida que estaba leyendo por entonces e incluso pegué una cabezada. Vamos que desconecté como buenamente pude.

Cuando llegué a Addis les conté la película a los de inmigración y me dijeron, esta vez mucho más amables:

Señor, hasta mañana no puede entrar en Addis. Su visa caduca hoy y tiene que esperar al menos un día. Es la ley

– “Pues vaya con la ley. ¿Qué le parece si me quedó a dormir en el aeropuerto y mañana “entro” en Addis?

– “Me parece bien, señor”

– “Pues adiós”

– “Adiós señor”

Y cogí mi queso, mi maleta y me fui a leer.

¿Puede haber una explicación más gráfica de lo absurda que puede llegar a ser la burocracia? Ese estúpido invento de la sociedad moderna diseñado para que todo funcione mejor y más organizado y que ha resultado ser contradictoriamente un atraso y un contrasentido para la mayoría de las personas, viéndonos ahora esclavos de un sistema creado por nosotros mismos. Pues eso. Me tocó a mí está vez. Pero la vida está llena de situaciones así, y enfadarse sólo le hace mal a uno mismo, así que pensé que lo mejor sería, en la medida de lo posible, sacarle provecho a la inconveniencia. Pensé que esta sería una experiencia más en la vida de la cual algún provecho podría sacar (no sabía cuál todavía), y que después de todo, no sería más que pasar una noche en el aeropuerto, y así fue: pude leer bastante lecturas atrasadas, conocer a mucha gente, encontrarme incluso con unos amigos que venían de Malawi (¡que de otra forma nunca más los habría visto!), practicar un poquito el amárico con las dependientas, y pasar, en definitiva, una noche memorable. A la mañana siguiente se acabó la aventura, cogí mi queso y mi maleta, renové mi visa por un mes y me fui a mi casa etíope.

Y así acabó mi historia queridos nietos… Pero, ¿Cómo? ¡Si os habéis dormido! ¡Pero si es una historia apasionante! Estos jóvenes de hoy en día no tiene interés por nada… vuestro abuelo deportado y vosotros sin interés ninguno, ¿podéis imaginarlo? ¡Un voluntario deportado! jajajaj… Sabía que algún día contaría esta historia y me reiría de ella. Pero por entonces… ¡vaya susto! En fin, aunque estéis medio dormidos os voy a dar un último consejo. Ya sabéis que a mí no me gusta dar consejos, pero hoy voy a hacer una excepción. Si alguna os veis en la misma situación que vuestro abuelo, o tenéis que hacer un largo viaje como el mío… recordad: ¡Nunca jamás llevéis un queso! ¡No podéis imaginar lo que pesa después de horas de viaje! ¡Y cómo huele!

2 pensamientos en “12. Queridos Nietos…

  1. Me alegro leerte. No tenía la dire pero la he preguntado para saber de ti y se agradece!! Que bueno todo!! Un abrazo muy fuerte!!

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