19. DJIBOUTI, Qu’est-ce que…?

Que conste que yo tampoco lo sabía. Así que no me las voy a dar de entendido. Si hace unos años me hubieses preguntado dónde está Yibuti, probablemente hubiera respondido como lo hicieron mis hermanos cuando les dije que debía de salir del Etiopía durante unos días: “¿Yibu… qué???”. Y es que, salvo mi buen amigo Fernando, que se estudió el trivial de pequeño, y mi primo Javi, que se sabe todos los países, capitales, banderas y creo que himnos nacionales de todos los países del mundo, el resto de los mortales que hemos crecido bajo el maravilloso paraguas del sistema educativo español, en principio, no deberíamos saberlo. Así que este artículo va para la galería, para la mayor parte de los mortales que, no sabiendo nada sobre el país, quieran ampliar un poquito su conocimiento basado en mi breve experiencia. Si no te interesa, ya sabes, con la música a otra parte.

Una de las cosas que más echo de menos de mi trabajo en Etiopía es el poder ejercer mi profesión más a menudo. A saber, recibir una llamada a mitad de la noche del Chief Editor del New York Times: “Gonzalo, haz las maletas, tienes un reportaje en Suazilandia la semana que viene“. Clásico. Pero como hace tiempo que no ocurre este tipo de clásicos y el fotoperiodismo, por desgracia, ya no es rentable, uno tiene que buscarse las habichuelas. Así que uno aprovecha este tipo de ocasiones para sentirse como lo que verdaderamente es, un reportero de los de la vieja escuela, y aunque el artículo ni se venda, ni tenga una gran difusión, ni siquiera venga a cuento con la línea narrativa del blog, se alegra de poder escribirlo por amor a la profesión, por el simple hecho de escribir. Y toma notas, apunta, pregunta, se mueve, indaga… y aún sabiendo que lo que se llevará no será sino un esbozo más impresionista que realista de lo que es el país, eso no lo desanima y cuando llega a casa construye el relato:

Fue un hace un año cuando realicé mi primer viaje a Yibuti. Fue el viaje más corto de mi vida. Duré, si mal no recuerdo, una hora en el país, y ni siquiera salí del aeropuerto, pues me deportaron por no tener visa. Una mera excusa teniendo en cuenta que delante de mí había quien la estaba procesando en la misma oficina de inmigración. Las revueltas de lo que se vino a llamar luego la Primavera Árabe nos pilló por sorpresa a un par de aprendices de periodista y no nos dejaron pasar. “A casita“, nos dijeron.

Este año, viéndome obligado por problemas burocráticos a salir de Etiopía, lo volví a intentar. Ya no había revueltas pero no quería correr el riesgo y me disfracé de papagayo: turista blanco, tonto y con dinero. A saber: yo y mis chanclas, gafitas de sol, bermudas y camisa playera. Ni rastro de mi Canon 5D, objetivos, lentes y flashes; y como broche de oro, un par de compras en el siempre inexplicablemente caro Duty Free del aeropuerto. Funcionó y entré en Yibuti, no sin incomodidades, pero entré al fin y al cabo.

Hace unos años me creció una nueva extremidad en mi cuerpo: mi cámara de fotos. Me fue dicho –y me lo creí- que allá donde fuese, desde entonces, lo haría con mi cámara, pues a partir de aquel día me había convertido en un fotoperiodista. Bueno, esta vez me salté la norma y dejé la cámara en casa para encubrir mi pasado y mi profesión y evitar problemas en la frontera, así que decidí hacer un reportaje periodístico puro, obviar la imagen e intentar buscar una historia y contarla con el mero uso de la palabra.

Desde que uno aterriza en el país ya huele el aroma paradójico que se respira en muchos de los países musulmanes: una especie de caos controlado, de inestabilidad acostumbrada, de inseguridad ficticia, riqueza en decadencia, hospitalidad encubierta… motoristas en vespas y sin casco, tiendas abiertas a deshora, olor a madera quemada, kebab, clima cálido y vientos litorales… no sé, son una mezcla de percepciones que he tenido cuando he viajado a sitios como Marruecos, Turquía o, en este caso, Yibuti, donde por cierto, se nota inextricablemente la influencia francesa: pan du chocolat; la école; la gendarmeríe… Sobre todo, no es difícil percatarse rápidamente de las diferencias con respecto a ciudades como en la que vivo: Adís Abeba. ¡Una rambla! Árboles floridos, amplias aceras, ¡bancos! Inimaginable en Adís. ¡Qué de tiempo sin sentarme en un banco un domingo cualquiera! Mañana daré un paseo…

Yibuti está situado en el cuerno de África, en una posición geoestratégica única en el mundo. Es la puerta al Mar Rojo que comunica Europa, Asia y África. El golfo de Andén en el que se sitúa su puerto principal abre paso al cálido Océano Índico donde nuestros barcos piratas se llevan el pescado de los somalíes a los que nosotros llamamos piratas por defenderlo. En fin, es “el puerto” por excelencia y los americanos lo saben bien, y es por ello que han establecido aquí una base. No son tontos, aunque a veces lo parezcan.

El país está dividido en dos etnias principales: Afar y Somalí (con sus respectivas lenguas), aparte de los franceses y la comunidad extranjera (indios, filipinos, americanos…). Si a ello le sumamos el árabe, por aquello del Islam, el amárico, por la comunidad etíope aquí presente, y el inglés como lengua internacional, el cacao mental en el que uno se ve inmerso es rápidamente reconocible. Vamos que ni en Babel.

Llegó la hora del paseo. Es temprano y las tiendas están abriendo. Me dirijo al epicentro de la acción: el mercado. Lo primero es perderse. Es fundamental contar con el tiempo necesario para poder extraviarse un poco por esas recónditas e irregulares callejuelas. Girar a la izquierda cuando quieres ir a la derecha. Despistar a esos caza-turistas. Cambiar de ruta por un instinto repentino. Regatear aquí y allá un par de francos por algo que en verdad no quieres. Seguir tu camino a ninguna parte. Observar… disfrutar de lo desconocido. Sorprenderse, primero, e integrar y aprender más tarde.

Tras comprobar que la suciedad, los animales abandonados y las moscas en la comida son un patrón que se repite con asiduidad en la mayoría de los mercados de este tipo, fue suficiente con entrar a un par de tiendas de comestibles para comprobar que toda una secundaria de clases de francés, libros de textos y cuadernos de ejercicios, chuletas y alguna que otra siesta en clase no me han servido absolutamente para nada. Mi nivel de francés es cero. Lo único que entendía, y creo que es porque apelaba a mi orgullo y me agradaba, era cuando la gente me decía “Bonjour, Monsieur“. ¡Joder! Aquí soy todo un señor… Por el resto… ni una sola frase se ha grabado en mi memoria de pez en todos estos años infructuosos. Y sin embargo, un año de inmersión lingüística y una motivación por las nubes como la tengo ha sido suficiente para empezar a hablar el amárico, una lengua objetivamente más difícil que el francés (al menos para un español), con un alfabeto y una raíz totalmente distinta. Fue sorprendente saber que me podía comunicar mejor con los tenderos en amárico que en francés, y gracias a ello disfruté de momentos memorables: hablar de Kanouté y del Sevilla F.C. tomando un zumo con unos etíopes; poder pedir específicamente lo que realmente quería en un supermercado; saber que me dan un precio real y no de turista por hablar esa lengua perdida de Dios… En fin, priceless.

En el paseo me cruzo con varias mujeres musulmanas. Me sorprende que, aunque vayan cubiertas hasta las cejas, lo que para mí es un signo de ultra-radicalismo religioso, son muy presumidas. Van requete-pintadas, llevan piercing en la nariz, móvil de última generación, muchas joyas y una mirada yo diría que coqueta, incluso puede que juguetona. Si sus maridos las vieran… Te aguantan la mirada como esperando que le digas algo, pero yo como no soy albañil y no hago del piropo un arte, me conformo con el intercambio secreto de pensamientos que se cruza entre nosotros. Siempre preferí la ficción conocida a la realidad por conocer.

Los niños se me acercan a pedirme dinero, y se van corriendo. Qué raro… En Etiopía te persiguen, se pegan a ti, te siguen, te vuelven a pedir… ¿Qué pasa con estos niños? Más tarde encontraría la respuesta. De momento, sigo mi camino. Librería elegante a la derecha. Como no dispongo ni de tiempo ni de dinero para visitar el país me adentró en el universo de libros, y ojeo las guías fotográficas de Yibuti para contemplar al menos con la mirada las maravillas que no voy a poder contemplar físicamente por cuestiones económico-temporales. Algunas fotos son espectaculares. Necesito hacer tiempo y disfrutarlas (es mi viaje personal por Yibuti, ¿qué menos?). Para no incomodar a la dependienta con mi presencia claramente gorrona, la hago sentirse un poco culpable: “¿Es que aquí no tenéis guías en Inglés? ¡Todo en francés!” Suficientemente ruin como para que me pida perdón y así no se atreva a echarme. Cuando me he recorrido el país de norte a sur, de este a oeste, salgo de la librería elegante y me adentro en la librería informal. Venta ambulante. ¡A ésta es! Al fin precios sostenibles… Algún libro tendré que llevarme ¿no? En una esquina veo el único en ingles: “A la sombra del Corán” Una especie de visión de Sauid Qutb, uno de los principales estudiosos contemporáneos del Islam que pasó gran parte de su vida encerrado tratando de descifrar el Corán a la luz de la sociedad actual. Interesante. Negocio el precio. Llegamos a un acuerdo. Le doy el dinero. No me lo acepta. Me señala a la otra mano. Se lo doy con la derecha. Ahora sí. Y me hace un gesto bastante claro: “Con la izquierda me limpio el culo, con la derecha hago tratos comerciales” Error de principiante. No volverá a ocurrir. Y me da las gracias por comprarle este tipo en concreto, como si significara que yo ahora fuese musulmán o algo así… Sonrío y me voy contento con mi adquisición. Sé cómo vemos a los musulmanes en Occidente. Pero me pregunto, ¿Cómo se ven ellos a sí mismos? ¿Y cómo nos ven a nosotros” Valga esta muestra del libro para clarificar un poco:

“The non-Muslims, on the other hand, confront humanity with a host of philosophical, social, political and economic doctrines which banish religion from practical life and at best restrict it to a tiny corner of man´s conscience so that it may become purely a relationship between the individual and his Lord that has no bearing whatsoever on society and its active life, or, at worst, fight it tooth and nail and bar its very existence. As a result, human life is full of many sorts of political, social and economic injustice which know no limits. It witnesses various types of intellectual and moral perversion unknown in history. The advocates of such perversion and deviation try nevertheless to dress their erring ways in a scientific garment and they hold to they as if they were truth itself or the ideal sought after. This they do despite all they suffer in consequence of nervous and psychological diseases – worry and restlessness, madness and suicide, alcoholism, drug, suicide and crime.

What is worse is that these deviant philosophical, social, political and economic doctrines now dominate the lives of contemporary Muslims, wearing a false disguise of a “modern human civilization”. Thus, they poison the lives of the Muslim peoples to a larger degree than they do the life of the West because the Muslims of today have deserted Islam and are unaware of its true nature and fundamental value”

[“In the Shade of Qur´an“, Sayid Qutb, pág 12]

Resumiendo: que las sociedades no musulmanas, al separar la religión del resto de los aspectos vitales como si no tuviesen nada que ver, se ven expuestas a las consecuencias que ello conlleva: injusticia y desastre social (alcohol, drogas, suicidios, crimen, locura…) mientras todo se disfraza paradójicamente de un cientifismo que a resulta ser totalmente inefectivo. Y lo que es peor, que estamos envenenando a los musulmanes con nuestra falsa idea de moderna civilización. Pues eso, que para costarme un par de dólares mereció la pena.

Yibuti es uno de los países más caros del mundo. Pasar la noche en la capital no te puede salir por menos de 75 dólares. No hay nada más barato. Así que yo, haciendo uso de mi condición de voluntario, duermo en la misión, en la catedral con algunas congregaciones religiosas que me han acogido amablemente. Conozco su trabajo y una vez más, me quedo impresionado. Donde algunas ONGs (no todas, pero si muchas) se mueven en 4×4 blindados y sueldos totalmente inmorales, estas monjas van andando al hospital a limpiar enfermos por amor al arte.

  • “¿Así que hacéis de enfermeras?”, les pregunto.
  • “¿Enfermeras?” Nosotros limpiamos y lavamos a la gente que no tiene a nadie y que nadie quiere. Ese es nuestro trabajo todas las mañanas.

Visito otra misión. Un orfanato aquí, un colegio allá. Y por fin… una congregación que se ocupa de los “Street Children”, o niños de la calle. Reconozco a un par de niños que ayer me pidieron algo. Y por fin encuentro una respuesta al enigma de por qué salen corriendo tras pedirte dinero. Huyen. Escapan de la policía. Estos niños son etíopes que han venido a pata desde la frontera. Si la policía los pilla, los llevan al borde y allí los sueltan como a perros. Y vuelta a empezar. ¿Quién se ocupa de ellos? Adivinad: CÁRITAS DJIBOUTI. Una vez más, me quito el sombrero…

Cuando acabo mi ronda me doy un paseo por el impresionante puerto de Yibuti donde, como dirían mis paisanos andaluces, se vende tol´ pescao (nunca mejor dicho). El que tenga oídos para oír que oiga, se dice en el Libro. Tardaron poco en echarme por meter las narices en donde no debía… Deformación profesional.

Cae la tarde. Llevo 6 meses trabajando casi ininterrumpidamente con niños desde por la mañana a por la noche, de lunes a domingo, y aunque es algo que me encanta, necesito un descanso. Ahora sí, dejo de jugar a los detectives y decido ir a orillas del Índico a darme un chapuzón y relajarme un poco. Allí en la playa encuentro a unos chavales que vienen de clase, echamos una pachanguita y nos hacemos amigos. No conozco su lengua ni ellos la mía, pero hablamos el mismo idioma, el de Maradona.

Tras el partidillo se me acerca una chica bastante atractiva y que habla un inglés perfecto.

  • “¿Puedo decirte algo?” me suelta sin ningún tipo de preámbulo.
  • “Claro”, respondo emocionado, pensado erróneamente.
  • “Esos chicos con los que estás jugando… van a matarte”.
  • “¿Y eso?”, le digo sorprendido, pero con una media sonrisa para disimular mi asombro.
  • “Van a robarte todo el dinero que llevas encima”, me dice ella.
  • “Pues lo veo difícil, porque tengo los bolsillos vacíos”, respondo con ligereza.
  • “Pues entonces cuando te metas en el agua te van a robar todo lo que tienes”, afirma.
  • “¿Y eso por qué?”, le pregunto vacilante.
  • “¿Tú eres cristiano, no?” Y mientras lo dice me señala la cruz de madera que llevo colgada al cuello y se da media vuelta.

En defensa de aquellos chicos… no me robaron ni las gracias, al contrario, fueron muy amables conmigo. Pero nunca olvidaré lo que me dijo, y sobre todo cómo me lo dijo aquella chica. En el fondo, más que miedo por mí mismo, sentí un escalofrío por mis hijos, por la clase de ideas que están metiendo en la mente de estos jóvenes que son el futuro de estas sociedades musulmanas. Y eso que estamos en Yibuti, y no en Arabia Saudí…

¡Ops! Me temo que se me ha acabado el carrete. Será por este despiste que nunca encuentro trabajo de lo mío…

3 pensamientos en “19. DJIBOUTI, Qu’est-ce que…?

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