21. El cura´el pueblo

[Un año sin escribir se me antojaba ya excesivo.

Perdonad al monje que, desnudo en sus quehaceres, olvidó ponerse el hábito.

Quiso el insomnio de la noche oscura engendrar un retoño que, espero,

esté a la altura de mi regreso a la Arena de la Letras]

Adís Abeba. Etiopía. 12/12/2012

La pasada semana tuve la oportunidad de conocer la misión de los Combonianos en Etiopía. De ellos sólo sabía lo que leía de pequeño en la revista que le llegaba a mi abuela para sus nietos: Aguiluchos. Luego conocería Mundo Negro, la versión para adultos. Y por fin, gracias a este viaje, la edición en italiano: Negrizia, un nombre hoy políticamente incorrecto para, hasta ahora, una de las mejores revistas sobre África que hayan pasado por mis manos.

Estos religiosos funcionan de manera, a priori, muy sencilla: sus proyectos se sostienen en torno al tridente clásico de la misión católica: iglesia, escuela y clínica. Gracias a la invitación del padre Ramón, que llegó a Etiopía hace unos 30 años, pude convivir con ellos durante unos días en una de las innumerables aldeas remotas de la Etiopía meridional; descansando y respirando un aire nuevo, leyendo sobre la vida y la misión de estos religiosos (deshaciéndome de algunos prejuicios, también), y sobre todo conociendo un poco más la Etiopía rural, esa que supone el 80% del total del país. Me venía bien un cambio de aires, acostumbrado como estoy al sucio ambiente de la capital, lleno de ruido, contaminación, música horrorosa, tráfico, edificios descomunales junto a viviendas de hojalata, vagabundos, lisiados, pobres literalmente tirados en las aceras, y ante todo, gente, muchísima gente, en todos los sitios y a todas horas. Era necesario un parón.

Esta visita me sirve además para seguir reflexionando sobre el mito de la bonanza de la vida rural. He comprobado de primera mano que la vida en el campo, en Etiopía, es realmente mucho más tranquila y pacífica (o monótona si se quiere) que en la ciudad. La gente vive del pequeño ganado y del cultivo de su parcela, contando incluso a veces con cierto margen de beneficio resultante de la venta del excedente de sus cosechas. El campesino se levanta al alba, trabaja largas horas junto a su familia, come, anochece, descansa, se acuesta con el ocaso. No hay luz eléctrica ni señal para el móvil allí donde estamos. Esa es su vida. Simple. Tranquila. Apacible. El que de verdad lo quiere, si se esfuerza (y si las condiciones meteorológicas no lo traicionan), recoge su fruto y alimenta a su familia, al menos durante este año. El que viene Dios dirá. Así es el día a día de esta zona sorprendentemente verde y rica, que ante mis ojos contradecía la imagen preconcebida (¿aprehendida?) que yo tenía de una Etiopía árida y seca.

Paradojas de la vida. Todo esto puede ser perfectamente verídico, pero no es menos cierto que el campo, el pueblo, la aldea, son siempre lugares más cercanos que la ciudad (siendo condescendientes con el adjetivo en cuestión); aquí las relaciones son más estrechas, no hay lugar para los secretos, las formas culturales de ancestro tienen un arraigo más fuerte. La hospitalidad acampa a sus anchas, pero, ¡ojo! que a nadie se le ocurra invitar al Cambio o al Progreso a sus hogares, pues su visita no es bienvenida. Aterrizando: aquí se producen ciertas prácticas, algunas asombrosas, otras memoriales, y en muchos casos, sobre todo, otras verdaderamente escalofriantes.

Visitábamos a una familia y observé a la que parecía ser la mayor de las hermanas. Estaba en el séptimo curso. Lo había dejado hacía poco pues su padre tenía miedo del rapto, que como su propio nombre indica, consiste en el hecho de que aquellos que no se contentan con abusar de una chica sola e indefensa en los caminos, deciden que esa chica debe ser suya porque sí. Así, sólo o acompañado junto a sus cómplices se ejecuta dicho secuestro de la chica para, en contra de su voluntad, pasar el resto de los días juntos, esto es, tomándola como esposa. Y claro, entendemos aquí que el padre esté intranquilo y prefiera a su hija en casa por miedo a los peligros de camino al colegio. Que cuando en Etiopía decimos “de camino al colegio”, en las zonas rurales, no estamos hablando precisamente de cruzar la calle, sino de recorrer kilómetros y kilómetros cada día, de ida y de vuelta, salvando la distancia del hogar y la escuela más cercana. Y claro, una chica como ésta, en su ya avanzada adolescencia y sola, de camino a casa o al colegio, es carne de cañón para cualquier perro loco que ande suelto por estas campiñas. Así que está aquí en casa haciendo las labores domésticas, al menos “hasta que hagan una escuela más cercana, que algo de eso he oído que van a hacer por aquí”.

Esta breve experiencia me impactó sobremanera. Se le privaba a esta joven injustamente de su derecho como ciudadana etíope a la educación gratuita. A raíz de este suceso y alentado tras leer hoy el Ethiopian Herald, cuyo artículo “Harmful Traditional Practices in Ethiopia” denuncia ésta y otras muchas prácticas de la Etiopía rural, voy a relataros las condiciones en las que puede llegar a vivir la mujer en las zonas rurales de un país como Etiopía.

Abróchense los cinturones, que vienen curvas.

***

La mala noticia fue en sí el hecho de haber nacido mujer. La familia esperaba un niño, un varón que no manchase el honor de la familia. Él era el porvenir. El futuro. La hija, si se me permite, un error a enmendar en cuanto antes. Pero la vida sigue, y hay que apañárselas como sea. Y sobre todo, hay que prepararla para lo que le espera.

Una vez asumida la desgracia, lo primero, a una edad temprana (alrededor de los tres años), bajo el consentimiento y en muchos casos incluso ante la presencia de los padres, hay que llevar a cabo una práctica, que si bien es cierto que está en decadencia, no es menos cierto que aún se práctica en muchas zonas remotas etíopes de la manera más rudimentaria: la ablación de clítoris, es decir, la mutilación genital femenina. La pérdida de sensibilidad tiene como objetivo evitarle el placer sexual, que llegue virgen al matrimonio, y evitar la promiscuidad de la mujer. La pureza femenina. Un acto paradigmático de la preparación simbólica y física de la servidumbre que le deberá al hombre, su esposo, para el resto de sus días.

Ya no es una bebé, es una niña. Y como tal, ha de servir a su familia: limpiar, cocinar, cargar la leña o el agua (otra vez, como en el colegio, kilómetros y kilómetros…). Nacida esclava. Regalo del cielo por el simple hecho de ser mujer.

Cumple 7 años. La que era niña está en edad oficial de poder casarse. Hay que empezar a pensar en colocarla. Si no ocurre la excepción que confirma la regla (si no se escapa, vaya), lo normal es que los padres le encuentren pronto a un hombre mayor que ella, el cual, por una suma importante en compensación a esta pobre familia, comprará el amor de su hija y la desposará siendo ella tan sólo una chica de, un poner, poco más de 10 años. La diferencia de edad con su marido será de 10, 20 o 30 años fácilmente

Ha formado una familia. Nuevas funciones le esperan. Es esposa y pronto madre. Ya está entrenada para lo segundo: limpió, cocinó y sirvió a sus hermanos; ahora lo hace para su marido. Y como esposa, no lo olvides, tienes otras obligaciones para las que una niña de su edad no parece estar muy preparada, ni física ni psicológicamente.

Crecerá y con un alto grado de probabilidad aquel hombre se cansará de ella y volverá a casarse, puede que repudiándola o puede que tomando su segunda, tercera o cuarta esposa… siempre que pueda mantenerlas, claro. Será un símbolo de poder, de estatus social. Pasará una semana con una, otra con la otra, o incluso, si la economía no permite más que una de esas casas que hacen con paja y barro, vivirán todos juntos bajo el mismo techo. Él y su señoras, con la prole, por supuesto.

Si la suerte no acompaña, el marido hará como aquel que se presentó en el paritorio aprovechando el estado de su mujer, dejará a sus hijos con ella a medio parir y, simplemente, aprovechará la coyuntura para dejar a la familia plantada. Cuando esta chica (recordemos que no es más que una chica) vuelva a casa, se encontrará de frente con el vacío. Ya no hay nadie que la mantenga, ya no hay quien lleve el pan a casa al final de la jornada.

La vida se hace demasiado cuesta arriba en el campo, por no decir sencillamente imposible. La carga es demasiado dura y sólo queda una salida: huir. Pero el poblado es demasiado pequeño, hay que ir lejos, muy lejos, donde no se conoce a nadie, a quemar el último cartucho: la capital.

¿Y qué hacer en allí? ¿Por dónde empezar en un sitio donde no se conoce a nadie? Con suerte, serás una sirvienta que trabajarás de lunes a domingo en la casa de un señor que te dará un rincón (literalmente) donde tirarte por las noches y algo de comida en pago a tus servicios. No hay salario más que el cobijo y el alimento; considera el permitirte vivir como un regalo de tu señor. Otras no tan afortunadas encuentran a un tipo que les ofrece una esquina, un bar, un lugar donde, bajo su tutela, venderán su cuerpo a cambio de unos pocos birrs. La promiscuidad reina a sus anchas en África, siendo la gran causante de una de las grandes tragedias de este continente maldito. El mismo hombre que esa noche se sació con nuestra chica y la contagió de SIDA dormirá está noche junto a su mujer sin ningún tipo de cargo de conciencia. Borracho, incluso, le pegará si ésta lo rechaza, harta como está de sus infidelidades.

Y la chica, nuestra chica, que desde aquel momento se convirtió en portadora del VIH, tardará un tiempo en saber que está enferma. En el hospital le darán las pocas medicinas que quedan, si es que quedan. Desesperada, con uno, dos o tres niños, perderá por fin toda vergüenza y saldrá a la calle. Este es el principio del fin. Se convertirá en uno de los miles de rostros anónimos que deambulan por las calles de Addis Abeba. Esos ángeles que duermen en las aceras y que nadie quiere ver. Pedirá limosna. Dormirá abrazada a sus hijitos sobre cartones y las estrellas serán su frío techo. La policía multará al que se atreva a darle una pequeña limosna, como medida del gobierno de turno “para evitar la mendicidad y la mala imagen que da la ciudad al mundo entero”.

Un día, una monja vestida de sari blanco con rallas azules la verá allí tirada, moribunda, casi sin sentido y abandonada a su suerte, la recogerá de la calle junto a un par de voluntarios que la subirán a su vehículo y la llevarán a un centro donde, a la entrada, experimentará una de las últimas grandes emociones que le quedan por vivir, un momento revelador: como si fuese la primera vez que viese un espejo, verá de una pasada la realidad de su situación personificada en centenares de mujeres que, como ella, se debaten ya entre la vida y la muerte. Y se sabe una de ellas en el mismo momento en que entra por la puerta, agarrada por sus ángeles custodios. Ese momento de lucidez será sólo un espejismo. Tras atravesar las puertas descansará en alguna de las innumerables camas que la esperan desde el día en que nació. Las Hermanas harán todo lo que esté en sus manos para, si no salvarla porque imposible, al menos si hacerle consciente de lo que se le avecina: la limpiaran, le darán jarabes, la alimentarán… y llegado el momento, le hablarán de un lugar mejor en donde sus sufrimientos se convertirán en gozo, donde no habrá más llantos… le darán la mano y rezarán para ella. Y así, poco a poco, su luz se apagará para siempre en la casa de la Madre Teresa.

Sus hijas quedarán en manos de la institución. La mayor, que aún estaba sana, tuvo suerte y fue adoptada. Nunca más verá a sus hermanas. A la familia adoptiva no pareció importarle mucho. Las otras dos fueron enviadas a dos orfanatos diferentes por cuestiones logísticas. Separadas para siempre. La pequeña, pasará a engrosar la lista de huérfanos con VIH que nadie quiere adoptar; da igual que sea la chica más hermosa del universo (que es lo que, por desgracia, buscan gran parte de los padres adoptivos, como también los padres naturales de sus propios hijos), ante todo ella tiene el SIDA. ¿Quién quiere adoptar a estos leprosos del siglo XXI? “Ten cuidado, no la abraces. Nunca se sabe”... he llegado a escuchar de los sabios de Occidente. Y la vida de esta chica, sin su madre y sus hermanas, a pesar del mejor de los cuidados, será un infierno por crecer en un lugar como ese, rodeado de tantas sinnombres como ella. “El mejor de los orfanatos no es comprable al peor de los hogares”, llegaría a decir un día.

***

Comienza mi tercer año en Etiopía y en este tiempo he conocido casos de personas aquí y allá que han padecido unas u otra de estas injusticias. Algunos sufrieron menos, otros incluso más de lo aquí he narrado. A muchos, por desgracia, los conozco demasiado bien: a los niños, esas víctimas sin pecado concebido de todo este círculo vicioso del horror. Son casos concretos, no teorías ni estadísticas a secas. Personas que lo han sufrido. Huérfanos sin nombre. Esta realidad –seguro que lo habéis advertido- no es exclusivamente etíope; ocurre en otros muchos lugares del mundo mientras nosotros, los sabios de Occidente, no podemos evitar seguir viendo el futbol los domingos por las tardes, leyendo ese best-seller tan de moda, o tomando esa cerveza con los amigos al salir del trabajo. La vida sigue, después de todo, y también nos cuesta llegar a fin de mes.

Aparte de la duda existencial de esa injusticia primaria –por qué yo nací aquí y ella allí-, lo que más me cuesta comprender es la cada vez más extendida postura occidental del intelectualoide proge ilustrado que se jacta criticando a los curas (así les gusta llamarlos a todos y sin distinción: los curas), esos que como mi amigo Ramón, se dedican a evangelizar… vaya, “a adoctrinar e imponer conceptos occidentales y ultracatólico conservador a estos pobres lugareños que viven en paz y armonía y que nada nos han pedido a nosotros, entrometidos invasores coloniales”. Este tipo de pensamiento que, reconozcámoslo, más o menos así dibujado a más de uno se nos ha pasado por la cabeza, se cura viajando, viendo in situ en qué consiste esto de las misiones y eso de la evangelización. Más de uno se llevaría una grata sorpresa. ¡Qué gran paradoja que nosotros, sentados en nuestros sofás, critiquemos a las personas que precisamente han decidido dejar el sofá de su pueblo para irse a otro muy remoto, a aprender una lengua y unas costumbres ajenas con el anhelo de, precisamente eso, evangelizar, ahora así: “hacerles conocedores de un modo distinto de vida donde el Amor es la única regla y donde, en consecuencia, no hay lugar para estas prácticas aquí narradas”!

***

El antropólogo europeo, de padre belga y madre inglesa, arrastrado quizás por un complejo de culpa por lo que sus abuelos le hicieron a los negros de entonces, tras leerle mi relato, me pregunta: ¿Quién soy yo para cambiarle su modo de vida? ¿Qué derecho tengo siquiera a proponerle nada ajeno a su cultura?
Es una cuestión esencialmente ética. Es una interferencia amoral. Y todo lo arreglará enviando millones de euros en proyectos de Cooperación Internacional para limpiar su conciencia, haciendo a esta gente, si cabe, aún más dependiente y más hundida en el foso de lo que ya estaban antes de que apareciésemos en sus vidas.

El niño, el borracho, el loco,… el hombre con sentido común. A todos ellos les pregunté, y ajenos como estaban al veneno de la insensatez del pensamiento postmoderno, uno a uno me fueron contestando a la pregunta del antropólogo: “¿Cómo no intentar salvarlo?
Serás un monstruo si, habiendo experimentado la libertad, como mínimo no le haces conocedor de la existencia de la misma, para que él, en conciencia, elija su propio camino, y no sea éste el que forzosamente lo elija a él”.

***

Yo, incómodo e insatisfecho como con todo lo que hago, me quedé al menos con el consuelo de la polémica que dicha narración suscitó en los lectores que se dignaron a leer hasta el final de este relato.

Con Dió.

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7 pensamientos en “21. El cura´el pueblo

  1. Pues yo sí me lo he leído hasta el final. Enhorabuena por el parto, jejej. Aún así, hay bastantes cosas que discutiremos la próxima vez que nos veamos.
    Un abrazo, amigo de aventuras.
    Isaac

  2. Tu testimonio me parece desgarrador. Veo que después de todos los impedimentos que parecieran haberse puesto de acuerdo para impedirte seguir allí, lo has conseguido.
    Mucha suerte en el camino, amigo.
    Marieta

  3. Estas son las tipicas cosas de las que leemos a menudo, pero que dierente es cuando viene de boca de aguien como tu, que esta alli viviendolo y sabe los nombres de esas nignas.
    Escalorios es poco.

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