22. Se apagó tu luz. Se apagó para siempre.

[El que me conoce sabe como soy:

No le cuento el más intimo secreto ni al mejor de los amigos, ni al mayor de mis hermanos.

Basta un hecho como este para cambiar tus ideas y hacer algo que nunca has hecho. Hacer públicos tus más profundos sentimientos.

Si lo hago, es por honor a ella y a tantos otros huérfanos cuyos nombres no deberían morir en el anonimato al que están condenados].

Etiopía. 18 de julio de 2013

Eras una de las medianas. Acababas de terminar el tercer curso de primaria y pronto celebrarías tu onceava primavera, claro que de manera simbólica; en un orfanato, donde no se sabe muy bien la procedencia o el año de nacimiento de los niños, se escoge un día al azar y se celebra un cumpleaños multitudinario. ¿El regalo? unos chicles, galletas, papel higiénico, un rosario, alguna que otra pulsera, una coca-cola… a fin de cuentas, es un día especial.

Durante los últimos tres años tuve la suerte de compartir mucho tiempo contigo. Hicimos los deberes juntos cada tarde y tu reías cuando yo intentaba pronunciar aquella palabra en tu idioma que no acaba de aprender del todo. Al final de la jornada no quedaba claro si era yo el que te enseñaba o tu a mí. Los fines de semana compartimos muchos ratos de ocio juntos: jugamos a las cartas, a las damas, escuchábamos canciones y a veces incluso te atreviste a desafiar a los chicos jugando al fútbol contra ellos. Vaya paliza os dieron, renacuaja…

Últimamente visitabas con demasiada frecuencia la clínica. Ahora, desde la distancia, todo tiene sentido. Entonces no era capaz de ver que todo era el preludio de lo que estaba por llegar. Aunque sea injusto, en un orfanato se tiene más afecto por unos niños que por otros. Supongo que es la naturaleza humana. Y aunque yo intentaba luchar contra ello, aunque intentaba repartir mi tiempo, no podía evitar tener mis preferencias. Y tú eras una de ellas. Si caías enferma, por las noches, cuando las puertas se cerraban y todos iban a la cama, me gustaba ir a la clínica y visitarte. Saludaba a los niños que estaban junto a ti, sí, pero al final, me sentaba a tu lado y te cogía de la mano. Ponía mi mano en tu mejilla intentando que sintieses el calor humano que tanto te había faltado en tu vida. Tu sonrisa lo era todo y el mundo se apagaba alrededor en el momento en el que me mirabas y, simplemente, sonreías. Hacía que todo mereciera la pena. Cuando me iba, decías: “¡Espera!, quédate un poco más”. ¿Cómo podía evitar quedarme hasta que se cerrasen tus ojos?…

Obviamente nunca te lo dije, pero muchas veces me pregunté a mi mismo el porqué. ¿Por qué niños como tú han de vivir sin el calor de una familia, enfermos de por vida, y en un país pobre como éste? ¿Qué has hecho tú para merecerlo? ¿Por qué tu y no yo? Estoy seguro de que eres inocente y lo que sufriste no fue por culpa tuya. Entonces, otra vez la misma pregunta ¿por qué?, maldita sea, ¿por qué? Vivías en un país muy religioso donde la mayoría de vosotros cree en un Padre celestial y en su voluntad, en su santo designio. Mi país lo fue así una vez. Ya no más. Ahora vivimos en lo que llamamos aquí el Estado del Bienestar, que tiene sus ventajas, pero que a su vez fomenta otras cosas de las cuales no tengo muy claro su bondad: por ejemplo, lo que los mayores llamamos agnosticismo. Esta palabreja que probablemente nunca hayas escuchado se puede resumir en que la gente ni cree ni deja de creer en Dios, simplemente ni nos incumbe, ni nos preocupa, ni nos supone nada de particular. Ser ateo o creyente implicaría un compromiso que la comodidad de hoy en día no está preparada para asumir. Pero a mí, por lo menos, el agnosticismo no me basta. En momentos como éste me atormentan las preguntas. De hecho, confieso, quiero creer. Quiero sentirme consolado sabiendo que tienes un Padre arriba y que todo este tiempo lo has tenido. Que me estás leyendo ahora porque estás con Él. Que un día nos volveremos a ver de nuevo… Pero no puedo dejar de preguntarme: y si es así, ¿Por qué permitió tu sufrimiento? ¿O es que no sufriste siendo lo que fuiste? ¿Es acaso esto sólo mi percepción? ¿Fuiste feliz después de todo? Hasta ahora, la ausencia de respuesta por Su parte me parece en sí una contestación muy clara a mis preguntas.

Los últimos días querías chocolate. Siempre me pedís chicles o caramelos, nunca chocolate. La primera vez no le hice mucho caso, pero cuando, durante los tres o cuatro últimos días me insististe tanto, pensé: “¡Qué raro! ¿Qué es lo que le ha dado a esta niña con el chocolate?” Sabes que en un sitio como este tenemos que tener cuidado con lo que damos a los niños, para evitar celos y peleas. No obstante, a veces hacemos excepciones y os damos algún que otro caprichito a escondidas. Escaqueos inevitables. Si pudiera volver atrás en el tiempo, cambiaría el chicle que te di aquella última tarde y compraría un paquete de chocolate entero solo para ti. Te lo daría sin que nadie nos viese. Nos lo comeríamos juntos hasta el final. Cumpliría con agrado tu último deseo.

Nunca olvidaré nuestro último momento juntos. Acabamos de comer y los dos estábamos cansados. Me acerqué a los columpios y me recliné sobre aquella estructura en la que a veces dormía yo mi pequeña siesta. Vinieron unos cuantos niños a tratar de despertarme. Tú, en cambio, parecías cansada y te sentaste a mi lado hasta quedarte dormida. Cuando me di cuenta, todos se habían ido y solo tú yo quedamos allí, durmiendo en aquel pequeño habitáculo al aire libre. Fue nuestro último rato juntos. Ya no te volví a ver más. Te aseguro que es uno de los más dulces recuerdos que jamás olvidaré.

Tu despedida aquella noche me sorprendió haciendo la compra. Bajé las escaleras con las bolsas en mano y no pude dejar de observar el alboroto que había en la casa de las niñas. Una de ellas miró a través del cristal, y tras reconocerme en la oscuridad de la noche, abrió la puerta y me dijo: “Shalo, corre y ve a la clínica. Sintayew se ha desmayado y está muy mal”. Creí que fueron exageraciones infantiles y en vez de correr fui, simplemente, a paso ligero. Dejé las bolsas en mi habitación y de repente sentí la sensación de que debía apresurarme. En la clínica estaban los enfermeros atendiendo a una niña con la mirada perdida. Eras tú. Los niños y los trabajadores de turno, todos, miraban mientras los enfermeros hacían su trabajo. No creía que fuese muy grave hasta que empezaron a hacerte la reanimación artificial. Entonces me asusté. Ya lo he vivido antes y sé lo que significa. La línea que separa la muerte de la vida se vuelve muy borrosa, muy delicada. Como no soy sanitario y no podía hacer nada allí, dejé el trabajo en manos de los especialistas y me fui corriendo a avisar a la directora del orfanato. Le dije que estabas grave y que viniese de inmediato, pero en el fondo se lo dije sabiendo que te recuperarías, que no era más que un susto pasajero. Sin embargo, al volver, el jarro de agua fría. Ya no estabas. Te habías ido. No había nadie en la habitación: tu cuerpo cubierto por una manta. Caí de rodillas, sin saber qué hacer ni que decir, puse mi mano en tu cabeza como lo había hecho tantas otras noches, esta vez sin acabar de creerme que tu cuerpo yacía sin vida. Entonces, me invadió el misterio: aquella misma tarde respirabas y reías, ahora tu cuerpo ni se inmuta ante mis estímulos. ¿Qué queda dentro? ¿Dónde está tu alma? ¿Dónde está mi Sintayew?

Lo que siguió luego me dejó de piedra. Era tarde y no podíamos organizar un alboroto a esas horas. Se decidió dejar tu cuerpo en reposo por la noche y hacer el funeral por la mañana. Todos volvieron a sus puestos de trabajo o a sus aposentos y de repente te quedaste sola en esa habitación fría y sin compañía. Te ibas y no había nadie en el mundo que velase por ti, no había un padre, una madre que te llorase, que guardase tu cuerpo hasta el amanecer, que te hiciese compañía hasta que te fueras para siempre a la mañana siguiente. Una vez más, movido por una tristeza y un amor jamás antes concebido, me quedé allí contigo escrutando lo inexplicable.

Por la mañana, hicieron los rituales pertinentes. Te lavaron, te vistieron y te adornaron con flores e inciensos. Un río de gente empezó a visitarte. Trabajadores, enfermeros, niños… Yo no quería separarme de ti ni un minuto. Los etíopes hicieron su drama habitual con gritos, cánticos y arrastres por el suelo. Yo rezaba a la nada en silencio. Por mis mejillas caían lágrimas incontrolables, mientras me preguntaba a mi mismo ¿Por qué lloro? Ya se ha ido, no siente nada, no le duele, no sufre. Duerme en Paz. ¿Entonces? ¿Por qué lloramos la pérdida del ser querido? Tras mucho pensarlo, creo que lloramos más por nosotros que por ellos. La echaremos de menos, después de todo. Pero ella… ella descansa para siempre.

Lo que más ha impresionado desde que vi al primero de vosotros marcharse ha sido siempre las letanías que cantáis cuando alguno nos deja para siempre. Sois demasiados los que os habéis ido, haciendo que os las sepáis ya de memoria. Nunca sabré que pasa por vuestra cabeza en esos momentos, pero te aseguro que esos cantos son a la vez de lo más reconfortante pero también de lo más triste que he escuchado en mi vida, por ser vosotros quienes lo cantáis y por ser lo que sois.

No ha pasado ni un día desde tu partida. Aún no me creo que te hayas ido. Me ha sido imposible estar hoy con los demás niños. Parezco un vagabundo errante en el orfanato y han sido los propios niños los que, al volver a casa, me han dicho: “¡Ánimo!”.

Muchas veces me entra la duda sobre este trabajo en el que estoy inmerso. He dejado mi profesión, mi país y mi gente para hacer algo totalmente diferente a lo que estoy acostumbrado y para lo que estoy entrenado. En ocasiones como ésta me pregunto si no estoy demasiado apegado a vosotros, si no estaré haciendo algo mal dejándome llevar por las emociones. Sin embargo, ahora que te has ido, puedo decir que a pesar de los malos ratos, a pesar de las dudas, a pesar de las complicaciones del entorno, de la cultura, de los inconvenientes que tengo para seguir aquí con vosotros, a pesar de todo y pase lo que pase en el futuro, una cosa sé: para mí, Sintayew, ha sido un verdadero honor poder haber compartido este tramo final de tu vida contigo. Espero que me recuerdes allá donde estés como yo nunca podré olvidarte. Gracias, de corazón. Descansa en paz, mi pequeña.

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4 pensamientos en “22. Se apagó tu luz. Se apagó para siempre.

  1. “No le cuento el más intimo secreto ni al mejor de los amigos, ni al mayor de mis hermanos”.

    Ya te ha contestado el mayor de tus hermanos, espero que también lo haga el mejor de tus amigos…

    Yo también te agradezco que me permitas entrar ahí dentro, donde está Él, el que inspira esos sentimientos.
    Un abrazo. Manolo Alcalde

  2. Hola, desde que descubrí tu blog hace ya bastante te sigo leyendo. No te conozco personalmente pero desde que te leo tengo la sensación de que sí lo hago. Dura entrada esta que escribes. Lo que estás haciendo es tan generoso que por fuerza debe de ser gratificante, aunque en el camino tengas momentos tan terribles. Te mando un abrazo.Mucho ánimo.

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