24. Allá donde fueres, haz lo que vieres

[…decía mi abuela que decía mi abuelo. Y sin haberlo apenas conocido a él, se ha convertido, qué curioso, en una de las premisas que gobierna mi vida]

Adís Abeba. 12 de Marzo de 2014

4 de la mañana. Empiezan los cánticos en árabe. La mezquita que dos manzanas más allá enciende los altavoces a esa hora de la mañana se siente más cerca que nunca, en el mal sentido de la palabra. Lo bueno, que es breve. 5 de la mañana, llega el turno de los ortodoxos. Menos decibelios pero más minutos de tortura. ¡Qué bonito es despertarse a mitad de la noche para saber que aún te quedan algunas horas de sueño por delante! 6 de la mañana, Habtamu, el primero de los cinco que habitamos en el cuarto, se va a trabajar. 6:30, Sissai, el segundo. 7:30, Yoseph, mi amigo, el tercero. A Addisu ya ni lo he sentido, no sabría decir si fue el segundo o el tercero. Y eso que cada cual celebra el rito matinal con escrupulosa meticulosidad, la que corresponde a cuando vives un cuarto de 3×3 y casi todo se hace puertas adentro: lavarse la cara, los pies, cepillarse los dientes, vestirse,… Por fin me dejan sólo, a ver si puedo echar una cabezadita al menos. 8 de la mañana. Acéptalo, es imposible, estoy totalmente desvelado. Hora de levantarse, perezoso. Empieza un nuevo día en Etiopía.

Tengo la ligera sensación de que son pocos los españoles que conocen la Etiopía que yo conozco. Baste una pequeña visita radar: personal de embajada, ONGs internacionales, trabajadores con contratos millonarios por bonus desplazamiento territorial, voluntarios temporales con los bolsillos sobrados… si exceptuamos a los misioneros, que llevan una vida digna, pero sin grandes lujos, el resto está, en su mayoría, por dinero, porque vivir en Etiopía con un sueldo europeo (en muchas ocasiones, incluso, superior) es vivir a cuerpo de rey. Grandes chalés, coche propio, guarda de seguridad, lavadora, agua caliente, restaurantes caros, piscinas en hoteles de lujo, viajes en 4×4, y todo lo que se os ocurra que uno puede hacer cuando uno abre la cartera y no sabe decir cuánto lleva dentro.

En mi deseo por aprender la lengua y la cultura, mi inmersión es total. Me muevo en transporte público porque en ningún sitio como en ese se conoce a tanta gente y se aprende tanto la lengua coloquial, la de la calle. Como la comida etíope, primero, porque me gusta, y segundo, porque solo así puedo sentirme que paso medio desapercibido y que soy uno más de ellos, aunque nunca lo llegue a ser del todo. Me muevo arriba y abajo con etíopes, los cojo de la mano y les paso el brazo por el cuello de vez en cuando como nunca haré con un hombre en España y como solo se hace aquí, porque siento que son mis amigos y nos mis guías, porque sé que no he venido a hacer amigos españoles, aunque de vez en cuando los salude y me reencuentre con ellos si juega España… Duermo con los etíopes porque me interesa saber cómo viven y adaptarme a sus costumbres, a su bolsillo. El mío, por cierto, está casi tan vacío como los suyos. Podríamos resumir que soy, excepto por lo que delata el color de mi piel, uno más de la tribu.

Así las cosas, decidí hace poco que debería irme a vivir con mi amigo Yoseph. Y eso que él es un privilegiado. Déjenme que les explique. Yoseph no es el clásico pobre que va por la calle pidiendo, ni mucho menos, ni siquiera ese que raciona la comida y apura sus gastos. Tampoco pertenece a ese grupo glamuroso y selecto que se ha hecho rico o bien robando o bien con una mente hábil y con facilidad para hacer negocios. Yoseph es un joven de 30 años que trabaja en el banco, ha ido a la universidad, tiene un Master en Business Administration y tiene un salario más que decente: lo equivalente a 300 € cuando el salario mínimo son unos 25 €. Si Yoseph vive como ahora os detallo, ¿cómo vivirán los otros?

Se alquiló una habitación de 3 x 3 en la que hay una cama de matrimonio, una TV sobre una mesita, utensilios de cocina, barreños de agua y dos o tres maletas que hacen de armario. Eso es todo, en riguroso resumen. Hace poco vino a la ciudad Sissai, un amigo de su pueblo natal (Hosanna). Tras Sissai vino su hermano, Habtamu. Hace unos días llegué yo con mis ganas de cambiar el mundo. Total, que somos cuatro. Hoy ha llegado el marido de la hermana de Yoseph, Addisu, uno más al camarote que viene a la gran ciudad a solucionar unos affairs que le tendrán por aquí una semanita. A todos, Yoseph los recibe con las puertas abiertas y la mejor de las intenciones. Total, que somos 5 hombres ya en sus 30 (la mayoría) durmiendo bajo el mismo techo, repartiéndose un cachito de colchón y de aire fresco. No entiendo que no entiendan que yo quiera abrir la ventana de vez en cuando, dormir con la puerta abierta o dar un paseo a mitad de la noche. Sencillamente, me falta el aire. ¡Que no quiero manta, joder! ¡Que por mi dormiría en pelotas si no fuera porque aquí huele a macho!

Decía, que me distraigo, que son las 8 de la mañana y se han ido todos a trabajar. Yo estoy en periodo de búsqueda y captura, así que me lo tomo con tranquilidad. La trabajadora viene a media mañana. Cocina, limpia y lava la ropa. Dos horitas cada día, 6 días a la semana. Se le dan 400 birrs, 16 euritos, y ella tan contenta. Con otras cuantas horitas que haga en otras casas aparte de la nuestra, igual hasta ahorra unas moneditas. Una de las muchas cosas que se puede permitir Yoseph, una serrateña, una worker, una trabajadora.

Por la mañana empieza la aventura. Va uno a la letrina a enviar sus mensajitos al centro de la Tierra. Soy el único que usa su propio rollo de papel. El resto se limpia con agua y un solo clínex. Siempre me asombró ese detalle: ¡Un solo clínex, que a veces, incluso, parten en dos para racionarlo! Increíble. También lo hacen con los chicles, por cierto, eso de dividirlo y guardar la otra mitad para luego. Quiero ducharme, decía. Hace tiempo que le perdí el miedo a la ducha que está a un metro de distancia de esa letrina que inspira olor de mariposas y frutas del bosque, todo en un mismo bloque de adobe a modo de servicio que compartimos los 5 de nuestra habitación más todos los huéspedes de las 3 o 4 habitaciones colindantes. Me he acostumbrado a la ducha en esas circunstancias e incluso anhelo el agua fría, a la cual considero una simple y llana bendición, a pesar del irremediable primer escalofrío. Hoy, sin embargo y para mi desgracia, no hay agua. A nadie parece importarle mucho. Yoseph y sus amigos se duchan una vez a la semana, a veces en los baños públicos (ya le dedicaré una artículo, que lo merece). El resto de los días, pues como los gatos. Los barreños están llenos, así que a tu cuarto, de cuclillas, y agüita al cuello, a la cara, a los pies, etc. Se lava uno los dientes como puede, si es que se los lava, y desayuna fuera porque hacer fuego a esas horas se antoja inoportuno.

El almuerzo se hace siempre fuera y lo que cocine la trabajadora quedará para la cena. La jornada laboral de Yoseph es de un estricto horario de 8 a 5. Trabaja en un banco del gobierno y los horarios se cumplen. Ahora entiendo porque hay tanta gente en las calles, a todas horas, en todos los lugares. ¿Qué haces cuando acabas el trabajo? ¿Meterte en ese cuarto de 3 x 3? No. Paseas, das una vuelta, ves cómo va la obra de turno, te cruzas con gente, quedas con alguna chavalita, bebes un par de cervezas, ves un partido de la liga inglesa… en fin, haces pasar el tiempo y te gastas lo poco que te quede de suelto. Los maridos, en su peor versión, llegan borrachos a casa y la lían parda.

Sissai y Habtamu acaban de llegar del trabajo. Son las 9. Ni paseos, ni chicas, ni nada. Trabajo, trabajo, y punto. Llegar con el tiempo justo para la cena y un poco de TV antes de irse a la cama. Resulta que este es un país pobre, pero oye, todos tienen un teléfono móvil y satélite en casa. Es cierto, los hay de mucha variedad y precio, sí, pero el ArabSat, el barato, ese lo tiene cualquier etíope que se precie. Incluye la BBC, Al Jazzera y otros canales internacionales además de unos 700 provenientes del mundo árabe. Esta es la puerta a la esperanza. Aquí es donde los etíopes sueñan con nuevos mundos y donde verdaderamente comienza el viaje hacia los países del bienestar y la opulencia. Películas, telediarios, shows… todo se convierte en una ventana disfrazada del mundo que anhelan. Aquí empiezan los viajes en patera a Europa, los refugiados políticos en países comodines, las trabajadoras del hogar maltratadas por sus señores del mundo árabe, los estudiantes y la lotería de visas para los EEUU, los matrimonios con el blanco de turno… Siempre admiré por ello al etíope que prefirió quedarse en casa, ganarse el pan con verdadero sudor y vivir en su patria. Pero quizás admire aún más a los que habiéndose ido, tienen el valor de volver y evitan con su ejemplo la fuga de la intelligentsia africana. Son, sin duda, los verdaderos precursores del cambio que está por llegar.

Acaba el día y va llegando la hora de apretujarse. Pero antes, cuando ya están todos en “casa”, cenamos. Uno de los 5 le lava las manos al resto, nos sentamos como podemos en torno al plato de enjira con lentejas que compartimos como hermanos y charlamos de nuestras cosas mientras la banda sonora televisiva se va perdiendo en el fondo de nuestra conversación. Unas risas, anécdotas, comentarios sobre lo que nos muestra la caja parlante… Los pequeños soldados, uno a uno, según el grado de cansancio, van cayendo y cada cual se refugia en su pequeña trinchera.

Acaba el día en Etiopía y me acuesto con grandes lecciones, a pesar de la pobreza: la importancia del saludo, pues no se llega a casa y se tumba uno sin más, sino que se le estrecha la mano a los presentes; de la amistad, pues se comenta lo sucedido en el día y se trabajan los problemas en grupo (no hay un cuarto donde aislarse, claro); del respeto al otro, sea cual sea su religión (ortodoxo, musulmán, católico o protestante); del agradecimiento, por la solemnidad que se expresa para con la comida; del trabajo, la hora a la que han llegado algunos es prueba más suficiente…

Somos pobres, sí, quizá no tengamos un vehículo en la puerta de casa como lo tengo en España o no estemos en el mejor de los restaurantes de la ciudad y nuestra cena está fría; no hay agua, tengo calor y dormimos 5 bajo el mismo minúsculo techo. Sí, todo eso es cierto, y son incomodidades reales que uno sufre. Pero, oye, no hay ni grado de depresión, estrés, angustia, tristeza, ni esa clase de problemas que nos hemos inventado y tanto abundan en la Europa, que, paradójicamente, ellos tanto anhelan. Sí, la anhelan, y con fuerza. Y percibo entonces que hay algo que tenemos en común: los sueños que, en cualquier parte del mundo, albergamos las personas en el fondo de nuestro corazón. Eso no nos lo quita nadie a ninguno de los seres humanos. Y con mis propios sueños y anhelos apago la luz e intento descansar unas horas consciente de que, en breve, los cánticos en árabe me estarán recordando que un día nuevo lleno de dificultades y lecciones está a punto de comenzar. Buenas noches, pues, antes de que se me haga demasiado tarde, o temprano, más bien.

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Un pensamiento en “24. Allá donde fueres, haz lo que vieres

  1. Lo que has escrito me lleva a pensar en lo mucho lo que nos perdemos en el día a día, en este mundo de prisas, no sabemos a veces valorar lo que tenemos y pasamos por alto detalles como los que comentas. Resulta bonito que, a pesar de las incomodidades y problemas, la actitud sea la de compartir lo que se tiene, de generosidad y respeto. Es curioso lo que cuentas de que la televisión termina siendo “una ventana a la esperanza”, no me había parado a pensar en aquellos que tienen la valentía de regresar y trabajar por un futuro mejor, quizá ellos sean la verdadera esperanza.
    Cuídate mucho, espero que todo te vaya bien y que consigas tu sueño. Cuanto aprendemos de nuestros abuelos, un beso.
    Ah! y una cosita, sube más fotos que ilustren esa vida con luces bonitas 🙂

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