25. VUELVE EL NEGRO

 

[Ahora si, chicos, lo de escribir va en serio]
En vuelo intercontinental. 9 de febrero de 2015

Acaricio sigilosamente el teclado de mi portátil cuando son las 2 de la mañana en España, las 4 en el destino al que me dirijo, Adís Abeba. Mis esfuerzos por no despertar a mis compañeros de viaje, supongo, son vanos, pues hace tiempo que la lectura que he emprendido de cabo a rabo del diario recientemente publicado por el padre Juan González Nuñez sobre la tribu de los Gumuz hace que sea el único en el avión que tiene la linternita individual encendida, lo cual, creo, no les debe hacer mucha gracia a mis escoltas italianos que, entre ventana y pasillo, duermen, al parecer, plácidamente mientras yo intento ordenar mis pensamientos, consciente de que debo hacerlo, sobre todo convencido de ello tras leer las reflexiones de tan ameno libro y, también, por qué no, tras repensar el tiempo que he podido pasar en casa estos meses con los míos, ya de camino hacia el que desde hace tiempo considero mi hogar: Etiopía.

Es ésta la primera vez que me dirijo a la antigua Abysinia con la aerolínea etíope, que acaba de empezar una nueva conexión con Madrid, con escala técnica en Roma. Hasta llegar a la capital italiana, el avión estaba prácticamente vacío y me cuestiono la viabilidad de la nueva empresa. Eran, como se suele decir, más jefes que indios. Sólo el personal de a bordo casi nos supera en número a los viajeros que procedíamos de España. Excepto un servidor y poco más, en su mayoría eran hombres que según lo que hablaban y como vestían, tenían toda la pinta de ser parte de esa nueva clase de inversores a los que, desde hace unos años, el país se ha abierto de forma evidente con afán de crecimiento y expansión económica, en detrimento de la pérdida de identidad cultural. Algún que otro comentario sobre los andaluces al que prefiero no responder, a conciencia y preparándome para los que en Etiopía me esperan, inexorables y muy a mi pesar, cuando pasee por las calles y por el simple hecho de ser extranjero.

Ya en Italia, lleno total. Los lazos de antiguas épocas pseudocoloniales siguen vivos. Veo sacerdotes, cooperantes, padres adoptivos, jóvenes etíopes que parecen ir a reencontrarse con sus familias de vacaciones, algunos que deben ir a hacer escala a la siempre geoestratégica Adís Abeba, otros inclasificables y, finalmente y para mi sorpresa, abuelas, muchas ancianas italianas que, supongo, no podrán evitar mantener vivo el recuerdo de un país que probablemente fue suyo, o más bien de sus maridos, y por extensión, ya sí, de ambos.

Comienza mi quinto año en Etiopía. Un curso de reciclaje de creación literaria, un libro de un buen amigo y el aliento de algunos familiares y amigos, todos ellos me animan a sacar el portátil y retomar la escritura de mis avatares en Etiopía que tenía, si no abandonada, al menos si aparcada por haberme dedicado a otros géneros literarios que, espero, un día vean la luz. Todo es parte del proceso.

Desde que me fui a vivir a Etiopía en septiembre de 2010 ha sido ésta la vez que más tiempo he pasado en España, cinco meses. De todos tus viajes puedes sacar algo provechoso y siempre se aprende algo. Y en éste: las raíces, como bien dice Juan en su libro, que sabes que siempre estarán ahí. Yo, tras una periodo bastante largo de asombro y pasión por lo extraño, lo desconocido, lo otro, en el que estaba, quizás, un poco aturdido (no es que no quiera seguir viajando, ni mucho menos: el mundo es muy grande y la vida muy corta como para no querer hacerlo), hoy, digo, recién entrado en los 30, no puedo evitar reconocer mis raíces, sobre todo tras haberme ido y vuelto, aunque fuese temporalmente, pudiendo escarbar en sensaciones enterradas que están ahí: el olor de mi barrio cuando era pequeño y me iba a jugar al fútbol con mis amigos tras el colegio; el ritmo oculto de un flamenco que llevamos impregnado desde pequeñitos en el sur de España; las vistas de un paseo céntrico por las calles de una ciudad que nunca dejará de ser la tuya; el sabor de una comida que te ha alimentado durante, prácticamente, 20 años; la familia y los amigos que, fuese a donde fuese, a la vuelta, siempre estuvieron allí para lo que se terciara… Olores, sensaciones, ideas, paseos, lenguajes y personas que son parte de lo que soy, que me recuerdan mis raíces.

Sin embargo, la certeza de saber cuál es tu lugar es un gran alivio, porque aunque, como he dicho, reconoces de donde vienes y disfrutas el tiempo que pasas en casa intentado no pensar mucho en las diferencias para no perder la cordura, sabes cuál es tu sitio, y a él, convencido, te diriges, porque lo necesitas, porque lo quieres, porque sólo así te sientes completo.

Hacia ti voy, Etiopía querida, cargado de proyectos e ilusiones. Deseando a ver a toda esa gente a la que dejé con un vago “nos vemos en unas semanas” que luego resultó complicarse y alargarse en el tiempo más de lo inicialmente pensado. Deseando estoy, entre otras cosas, de llegar y escuchar ese “¡Shalooo!” que, como un eco que resuena entre montañas inunda el orfanato cuando vuelvo después de mis viajes.

De lo que traigo en la cabeza, los proyectos, algunos verán la luz. Otros, lo sé, probablemente no. Me toparé con muchas puertas cerradas. Llamaré dos veces, incluso tres. Prometo disfrutar en el intento. Tengo todavía energía para seguir incordiando un poco, contando historias, narrando la vida como a mi me gusta, eso sí, con intenciones renovadas que, espero, el lector me sepa recordar cuando no acierte en el intento: me gustaría, poco a poco, y siguiendo el ejemplo de los grandes, hablar cada vez menos de mí y más de los otros (aunque lo subjetivo sea algo inevitable): contar lo que veo, lo que observo y lo que escucho, en un afán antropólogo por, simplemente, narrar mi contexto para el enriquecimiento de los demás, para que podáis sacar de lo personal algo quizá más universal, sentimientos comunes independientes a la coyuntura geográfica que nos separa.

Bienvenidos de nuevo, queridos lectores, a un nuevo año de emociones e historias que, con la fuerte intención de trabajar en ello y de no faltar a la cita periódica (y no dejarlo simplemente para cuando la musa quiera visitarme), espera poder contaros el que sabe que es un extraño, un negro en tierra extraña que tiene poco derecho a contar, sí, pero que inevitablemente encuentra en esta herramienta la mejor vía para expresar sus pensamientos para aquellos que, por una razón u otra, les pueda interesar.

Pasen, pues, y lean al negro si lo desean.

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