26. Un pequeño paréntesis: un caso personal.

[Voluntariado, cooperación y otras confusiones conceptuales, por fin, desmenuzadas bajo la tinta digital del blog del este humilde negro]

Adís Abeba. 19 de febrero de 2015. 

Al principio de este nueva aventura me propuse escribir menos de mí y más de mi alrededor. Es mi segundo artículo y ya rompo mi promesa. Hoy, voy a hacer una excepción.

Hace un año, más o menos, empecé en Etiopía mi trabajo asalariado a tiempo parcial. La casa de los voluntarios del orfanato en el que viví durante tres años daba paso a una residencia para enfermos de cáncer y se me invitaba a buscarme un nuevo cobijo. Más que una ofensa por pedirme que abandonase el que había sido mi hogar durante tan largo período, lo entendí perfectamente, pues la residencia de los voluntarios estaba prácticamente deshabitada durante la mayor parte del año y había que darle algún uso, y así además yo podía empezar una nueva etapa en la que quizá pudiera satisfacer mis deseos profesionales aparcados en España desde hacía tres años, así como poder experimentar una nueva Etiopía, la ciudad puertas afuera del orfanato.

Así que, como me suele decir mi amigo Quino, colgué los hábitos y comenzó la búsqueda de casa y trabajo. Tras varios meses buscando, probando en algunas empresas fallidas y cuchitriles varios, tuve la suerte de dar, gracias a mi amiga etíope Betty (una de esas personas que son, no ya una joya, sino un don en sí mismo con el que he tenido la suerte de toparme en este camino que hace tiempo decidí emprender) con una empresa formal que te paga el día uno de mes, que resuelve tus papeleos de inmigración y que apuesta por la calidad y la excelencia en el entorno laboral. Convenimos un contrato a tiempo parcial con un salario ni europeo ni etíope, algo intermedio, lo suficiente como para vivir en unas condiciones medianamente dignas.

Ha pasado un año en el que he podido compaginar mi trabajo en el sector audiovisual por las mañanas y mi voluntariado por las tardes en el orfanato. Lo que voy a contar a continuación no es para auto-ensalzarme o darme propaganda, creedme, es para que seáis testigos de una experiencia que te cambia la vida, amén de dejar claro mi punto de vista sobre el voluntariado y la cooperación internacional tras varios años coqueteando con el sector en cuestión.

Por las mañanas voy a la oficina, hago lo que me gusta, gano un poco de dinero y estamos en un entorno de trabajo ordenado, funcional y creativo. Me gusta, lo repito, y mucho. Pero he aquí que mi labor diaria en el orfanato, que empieza a las 3 y media de la tarde y termina sobre las 8 de la noche, por la que no percibo ni un duro y en la que estoy con niños problemáticos, bastante sucios, de una salud bastante inestable y con un rendimiento académico mediocre, supera con creces y de manera indescriptible mi satisfacción personal diaria. Si una tarde no voy al orfanato por lo que sea, me siento como si ese día no hubiese hecho nada, me siento mal conmigo y con los niños, me encuentro, como se suele decir, vacío.

Muchos diréis, ¡pues ya sabes qué es lo tuyo! ¡dedícate a eso a jornada completa! ¡hazte un profesional y dedica tu vida a ello!

Hace unos años creamos una ONG llamada VIHVE que intenta ayudar a estos chavales con becas de estudio. En cualquier momento podríamos haber dicho que a los trabajadores de VIHVE se nos pagara algo, para subsistir al menos, algunas dietas quizás, los viajes como poco… Sin embargo, nunca hemos cogido un céntimo de birr para ello, porque creemos que la actividad de VIHVE es compatible con nuestro trabajo y que podemos pagárnoslo de nuestro bolsillo para que la mayor parte de lo recaudado vaya al proyecto. Pero no sólo por esto. Hay una razón de fondo aún con más peso:

Siempre he pensado que, igual que alguien se dedica a la medicina, otros a la arquitectura, a la enseñanza, a la abogacía o a lo que se os venga en mente, es loable que una persona quiere dedicarla a los demás (en una ONG, por ejemplo) y cobre por ello para poder mantenerse. ¿Por qué no cobrar si encima decides dedicarte a los demás? Pero aquí se dibuja una línea difusa que ni yo mismo soy capaz de trazar ni interpretar. Y es que, en mi opinión, a medida que empiezas a cobrar por tu profesión, ya no te mueven sólo –y repito, sólo- las aspiraciones profesionales, sino tu salario, por muy bajo que sea, pues es lo que te da de comer y te mantiene vivo. La necesidad del dinero que todos tenemos para subsistir.

Por eso, y siempre que sea posible (por ello mantengo mi trabajo), no quiero cobrar nada por mis actividades con VIHVE o con el orfanato, porque mi felicidad, mi satisfacción personal cada día que vuelvo a casa por la noche, y la pureza de mis motivaciones que son las que mantienen en continua vigilancia a mi conciencia, son válidas en tanto en cuanto son proporcionales a mis deseos de no percibir salario alguno. En cuanto empieza a haber dinero de por medio, las impurezas en mis ambiciones florecen y ya nada es lo mismo. Y nada es lo mismo no es una expresión, es una experiencia, igual que esa que dice: de los errores se aprende:

Porque de hecho, he cometido varios en el pasado (¡qué monstruosos seres seríamos sin los errores!). Lo cual ha hecho que hoy me tenga prohibido ayudar personalmente con dinero a ninguno de los niños o jóvenes. Lo intenté a veces por pena o lástima y lo estropeé todo. Así que, me dije: nuestra relación será siempre personal, no de dependencia económica. Si me quieren, si los quiero, será por cómo somos y por lo que nos damos mutuamente: conocimiento, juego, tiempo, amor… mas nunca dinero.

Pero, ¡ojo!, que somos humanos. Y si le pido algo a la vida es que no me dé la oportunidad de engañarme con el dinero (que todo puede pasar), y me lleve, por poner un ejemplo que me escandaliza, por el camino que lleva a muchos de los que trabajan en grandes ONGs y organismos internacionales varios, que viven en sus burbujas, mansiones y coches todoterrenos de la vergüenza, a gastos pagados y con extras por desplazamiento, al margen de la miseria que los rodea, viviendo de hecho de la pobreza que los rodea. Aspiro a una hogar digno y unas condiciones mínimas, no os lo niego, pero no a ser un rico en un nicho de pobres.

Esto que os cuento hoy no lo hago con estrategias de marketing bajo el brazo. No es un alegato para que apoyéis a VIHVE, ni para que digáis, ¡Oh, qué bueno es Gonzalo! Porque los que me conocéis sabéis que no me creo un ser bueno y que de hecho me considero una persona mediocre con bastantes carencias afectivas, sociales y personales que han causado mucho daño a mucha gente. Igual me equivoco en mucho de lo que digo. Tampoco quiero hacer proselitismo. Simplemente me interesa la raíz del texto, y es que quiero compartir una experiencia que estimo enriquecedora, que la vida me ha brindado (otros no han tenido la suerte), y por la que me consideraré siempre eternamente afortunado, la convicción de que dándonos, donde quiera que sea, en Etiopía en un orfanato, en Almería con las hijas de las presas de la cárcel en los campamentos de verano, con unos ancianos en su residencia de Sevilla los domingos por la tarde, con niños discapacitados en un colegio especial de San Juan de Dios, con los mendigos de Madrid por las noches, o con lo que quiera que sea que esté a tu alcance, es un ejercicio de autoayuda que anula depresiones, preocupaciones que no dejan de ser banales, estrés, que satisface enormemente y reparte felicidad allá donde se práctica.

Os invito a probarlo, sin dinero de por medio e, incluso, y a ser posible, pagándoos vuestros gastos. Al que lo haga y no le funcione el invento, le reto a que escriba aquí su caso para que la incomprensión y la duda me hagan entrar en una crisis profunda, muy profunda –¡tan convencido estoy! Porque si esto que os digo no existe, para mí no existe nada más.

Es lo que hoy veo, palpo y siento, lo que os cuento, lo que creo.

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