27. ¿La vida a pesar de todo?

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[De cuando está en tus manos el salvar la vida a una persona, y a pesar de todo, te cuestionas cuál es la mejor decisión, si salvarle o dejarle morir]

Adís Abeba. 19 de abril de 2015.

Son muchas las situaciones en las que el ser humano necesita ayuda. Y creo profundamente que ayudar al que lo necesita es un acto humano, natural, innato al hombre. Sin embargo, a lo largo de nuestra vida, por diferentes motivos y razones que no voy a entrar a enjuiciar ahora, construimos una serie de ideas, prejuicios, experiencias y barreras, algunas fundadas, otras menos, que condicionan nuestra predisposición a ayudar.

Cuando una persona que camina a nuestro lado tropieza, en un acto reflejo, nuestro cuerpo reacciona para intentar que no lo haga, mantenerlo en pie, evitar la caída. Es la prueba física más gráfica que se me ocurre para fundamentar mi argumento. Así, el ver a una persona tirada en la calle, hambrienta, con frio, perdida… es una situación que nos produce lástima, pena, tristeza… y si está en nuestra mano, queremos ayudarle. Pero, como decía anteriormente, nos hemos acostumbrado a la miseria, hemos aprendido a caminar por las calles del centro de la ciudad entre mendigos, hemos adormecido el sentimiento de empatía con el que sufre gracias a la tormenta de imágenes penosas que inunda la pequeña pantalla en el noticiario de la desgracia de cada día, hemos experimentado el engaño del pícaro que intenta aprovecharse del que tiene y quiere que su pereza o su error lo pague el otro, pidiéndole lo que él no ha sido capaz o no ha querido lograr con su propio esfuerzo. Con todo, construimos una coraza que limita nuestra disponibilidad a ayudar. He dicho: construimos. Porque lo natural, repito, y siempre en mi opinión, es la predisposición innata a ayudar.

Esta teoría introductoria sobre la naturaleza del ser humano me sirve para que cada uno de nosotros se aplique el cuento a su ámbito personal (no hace falta vivir en Etiopía para ello). Yo la aplico al mío, a raíz de una una situación vivida recientemente con el ánimo de compartirla y saber vuestra opinión e intentar, si es posible, que no lo sé, ver alguna luz en este mar de dudas y desorientación en el que uno vive.

Durante mi estancia en España murió un chico que en su día vivió en el orfanato. Se llamaba Aduña. Murió en la calle. Ya en el orfanato veíamos que era un chico muy inteligente, pero sumamente problemático. Las hermanas intentaron ayudarle muchísimas veces, pero siempre acababa en problemas. Probaron en diferentes centros, incluso llegó a vivir con una familia que creíamos perdida y que logramos localizar. Tampoco funcionó. Al final, se convirtió en un street child, un niño de la calle que pasó gran parte de su vida sin una familia y que murió solo, sin nadie que lo ayudara, porque todos los intentos de ayudarlo fueron en vano.

Este caso me pilló en España, y aunque era un niño que conocía bien, la lejanía enfrió cierta impotencia o sentimiento de culpa que normalmente tengo cuando fallece uno de los nuestros. Pero ahora no tengo excusa, pues el caso actual me pilla aquí y no tengo escapatoria.

Hay otro chico que también en su día estuvo en el orfanato y que, cumplidos los 18, salió del centro para empezar su vida independiente. En connivencia con el gobierno y por el aprovechamiento de recursos, y también para no maleducar al joven, durante un primer periodo, se le ayuda con los estudios, la vivienda, y las necesidades básicas, sólo y siempre que el joven aproveche la beca.

Este es uno de esos casos que no ha aprovechado la beca. Dejó de tomar las medicinas; dejó de ir al colegio. Su casa estaba en condiciones penosas, no limpiaba ni comía regularmente. El primer año fuera del orfanato fue prácticamente nulo. Se le dio una segunda oportunidad, pero nada, volvió a ausentarse de clase, a dejar de tomar medicinas, etc. El resultado: hace unas semanas fue expulsado del programa, por lo que perdió su casa, su manutención y todo lo que tenía.

El otro día salí del orfanato y me lo encontré en la puerta. Olía bastante mal, tenía una pinta deprimente y lloraba diciéndome “Tebalashé, tebalashé… hulum neger tebalashé”. En cristiano, algo así como: “todo se ha jodido, todo se ha ido a la mierda”.

Bien. Aquí el dilema. Aquí nuestro instinto que nos dice: “ayúdale, es un ser humano que necesita ayuda y, de lo contrario, lo va a tener bastante mal”. ¿Quién de nosotros en nuestro cómodo primer mundo no se ha equivocado y ha acudido a amigos o familiares después de equivocarse repetidas veces pidiendo auxilio, ayuda? ¿Y no se la damos? Lo natural, de nuevo, es asistirle. De nuevo, una pregunta más, ¿la vida por encima de todo? ¿a cualquier precio?

Una ducha bien caliente, un plato de sopa de verduras y un poco de dinero de bolsillo. Pan para hoy, hambre para mañana. Si les pregunto a sus educadores, la respuesta es clara. Es un caso perdido. “¿Cuántas veces se lo hemos dicho? ¿Cuántas veces hemos intentado ayudarle? Ha sido el propio gobierno local el que nos ha dicho que dejemos de desperdiciar los recursos y ayudemos a otro en su lugar porque él lo está desperdiciando”.

Emplazo al chico a una última entrevista con las hermanas para esclarecer todo lo que ha pasado. No aparece. Me lo encuentro con unos amigos y le pregunto por qué no ha venido. No tiene respuesta. Nos deja plantados porque estaba por ahí con otros chicos. “Has desperdiciado tu ocasión”, le digo, “ahora a ver cómo te las arreglas”.

Así que, éste el caso. Donde la humanidad te dice: “ayúdale”, el sentido común, la experiencia y el constructo del que hablamos al principio hace que ese instinto natural sea suplantado por un razonamiento que te dice “habéis hecho lo que habéis podido, no hay más que hacer”, que en otras palabras, una sentencia de muerte. Sin medicinas, sin dinero, sin casa… sólo con la ayuda de “sus amigos”, es cuestión de tiempo que este sea el próximo chico al que enterremos. ¿Su muerte sobre nuestras conciencias? Porque, después de todo: ¿qué culpa tiene él de haber nacido en el contexto en el que ha nacido que no le ha permitido desarrollarse y aprender de la forma en la que lo hemos hecho, por ejemplo, nosotros?

He escrito varias veces sobre la muerte en este blog. Niños que ha sido muy cercanos a mí y que un día, por cuestiones ajenas o desconocidas, nos dejaron para siempre. Mis escritos eran un llanto de pena, incomprensión y rabia contra el ser humano y contra un posible ser superior que o bien no está o bien parece querer jodernos la vida. Ese era el fondo de todo. Pero este caso es diferente.

Este es el caso, y no será el único, de un huérfano enfermo al que probablemente no hemos sabido educar y cuya consecuencia es un chico al que hemos catalogado de “sin solución”, al que se ha decidido dejar de ayudarle, abandonarlo a su suerte con la idea de ayudar a otro que aproveche la oportunidad y con la certeza de que, si no consigue sobrevivir en la jungla que le espera, como creemos que ocurrirá, seguramente será el próximo, no el último, de una lista negra que a más de uno nos despertará por las noches para impedirnos el sueño, eso si es que conseguimos conciliarlo previamente.

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